Viña del Mar, festival de playas y palacios



Desea disfrutar de una estadía placentera? Con los hoteles en Viña del Mar que Cocha ofrece a sus clientes disfrutará; de su estadía en la ciudad.

¿Por qué debería ir?

A principios del siglo XX, los millonarios del puerto de Valparaíso, que no tenían espacio dónde construir sus palacios, pusieron sus ojos en las blancas playas de Viña del Mar. Detrás llegaron los magnates del chilean nitrate. Esas razones, y algunas otras bastante sabrosas (que aquí se cuentan), hicieron grande a Viña mucho antes que tuviera Festival. Otros la han ido haciendo más alegre, más golosa y, en algún caso, más internacional, fisioculturista y farandulera, como en su barrio de Reñaca. Recorrer una a una sus playas es la mejor manera de conocer los distintos rostros de la sociedad chilena, con todo lo bueno y lo menos bueno. Lo único asegurado en el verano es la entretención de 24 horas cada día. El resto del año tiene una dulce quietud frente al mar, y hasta sus palacios adquieren una muy europea mesura y gravedad. Hay que visitarle sus casonas con gesto formal.

¡No se lo pierda!

La ruta sin nombre. Se diría que Viña del Mar cuando nació quería parecerse a los balnearios de la Riviera o de la Costa Amalfitana. Tenía por el sur, Valparaíso, hoy Patrimonio de la Humanidad. Por el norte, Concón y Reñaca, que no forman un principado pero sí son principales, y aceptan gustosas ciertas modas de Mónaco. La ruta costera se llama Avenida Borgoño -Borgono de Vina y Renaca, sin ñ, en la Internet dominada por el inglés-, nombre que en realidad sirve muy poco al marketing turístico. (¿A nadie se le ocurre un nombre más vendedor? México ya habría inventado uno). Como en la Riviera Maya, la Riviera Italiana y la Costa Azul, hay aquí 17 kilómetros de camino entre Viña del Mar y Concón, con un hermoso e impetuooso mar siempre a la vista y abundantes casas donde el lujo no se oculta. Sobresalen modernos edificios recostados sobre los cerros, con terrazas a todo lo ancho. No sorprende descubrir una cierta atmósfera de fingida indiferencia entre los que transitan con sus tenidas de última moda, o en sus automóviles como recién sacados de la fábrica. En este aspecto, no hay nada nuevo. Es el balneario internacional con todo su encanto y la estudiada distancia de aquellos que buscan encuentros cercanos de cualquier tipo. Supera en belleza a las costas europeas, pero no tiene la misma antigüedad en sus grandes casas ni el refinamiento máximo en sus restaurantes. La Costa Amalfitana conoce tacos de tránsito infinitamente peores, ¡cómo negarlo!, pero tiene al frente la maravillosa Capri, la isla que ocultó al Neruda enamorado y a su clandestina enamorada. En Viña los autos avanzan más rápido, pero la Isla Negra de Neruda se halla lejos y aunque desborda encanto, hay algo que no es: una isla. Reñaca tiene, sin embargo, ventajas que no son pocas: una gran playa de arena tibia, donde la movida -el carrete- no sabe de horarios, le sobran sitios de encuentro y restaurantes donde los mariscos y pescados de esta parte del Pacífico alcanzan sabores celestiales. Algunas de las muchas mansiones y palacios que abundan en otros barrios de Viña del Mar se asoman también, aquí y allá, en este borde costero. Una de las primeras cosas que debemos hacer al llegar a Viña del Mar es un recorrido hasta Concón, orillando esta costa que anda en busca de nombre. Puede resultar lento en pleno verano, nunca monótono ni previsible. Veremos lobos marinos retozando sobre las rocas, atentos a las fotografías; algún chateau medieval sobre las rocas; un mar vivo y bello, y muchas playas. Es ésta, sin duda, una de las grandes rutas costeras de América.

Quinta y Palacio Vergara. En estricta justicia, debieran llamarse Quinta Álvares y Palacio Álvares. Fue la familia Álvares Pérez la que hizo el parque y puso la plata para el palacio original. Su única nieta y heredera se casó con un joven ingeniero ayudante de Ferrocarriles, José Francisco Vergara Echevers, transformándolo en millonario. Vergara se iniciaría en la vida política como diputado radical. Fueron él y sus herederos quienes dieron el nombre de Vergara al palacio y a la quinta, llamada entonces San Francisco. (Nadie sabe para quién trabaja). La histórica hacienda Las Siete Hermanas, que abarcaba todos los cerros hasta Valparaíso, fue comprada en 1840 por el portugués Francisco Álvares, de ancestro sefardita, el más rico propietario de Chile, según Barros Arana. Era comerciante y dueño de barcos en Valparaíso, e instaló su residencia en este lugar. Su mujer, Dolores Pérez, que por su origen quillotano sabía de quintas y amaba los árboles, se ocupó del parque entre 1840 y 1873, ejemplo que cundiría en Viña del Mar, hasta hacerle ganar el nombre de ciudad jardín, que le puso Vicuña Mackenna. El hijo de doña Dolores, Francisco Salvador Álvares Pérez, prematuramente viudo, se dedicó a viajar, y del Lejano Oriente y Oceanía le trajo especies botánicas para enriquecer la quinta, algunas de las cuales no tienen todavía una clasificación precisa. La hija del viudo, Mercedes, vivía con su abuela en la quinta cuando los trabajos del ferrocarril, dirigidos por el contratista Mr. Paddison, llegaron a ese sector. La ciudad no existía. En el ferrocarril trabajaba como asistente de ingeniero un joven talquino llamado José Francisco Vergara (1834-1889), quien enamoró a la niña Mercedes Álvares, única heredera de la enorme riqueza familiar. Como la abuela de su mujer se negó siempre a lotear la hacienda familiar, pues quería mantenerla como un enorme parque, Vergara debió esperar su muerte (1873) para crear al año siguiente lo que sería la ciudad de Viña del Mar. Primero vendió terrenos a lo largo de la línea férrea y luego él y sus hijos lotearon el resto, hasta Concón. Hizo una activa vida política y militar en la guerra del 79, fue precandidato presidencial del Partido Radical, jefe nacional del Cuerpo de Bomberos y de la Masonería. Al iniciarse el siglo XX, ya muerto, sus herederos se repartieron la herencia. Blanca Vergara de Errázuriz, su hija, se quedó con la Quinta y todo el terreno hasta el estero de Marga-Marga. Como el terremoto de 1906 había dañado gravemente la gran casa familiar, ella hizo construir el actual Palacio Vergara, que tiene la forma de una villa gótica veneciana. Es obra del arquitecto italiano Héctor Petri (1908), y hoy acoge al Museo Municipal de Bellas Artes. Está ubicado en una calle que lleva el nombre de su marido, Guillermo Errázuriz Urmeneta, diputado sin obra conocida. A un costado del Palacio se levanta desde hace más de 40 años el escenario del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar. Tanto el Museo como el parque merecen una visita. Veremos estrelitzias gigantes, ombúes del Brasil, ceibos del Uruguay, cedros del Líbano, coníferas, castaños y olivos de Europa, y una enorme variedad de palmeras, palmas chilenas, peumos, araucarias, boldos, maitenes y molles.

Parroquia de Dolores. La parroquia de Viña del Mar, donde fuera bautizado el niño Alberto Hurtado Cruchaga -hoy en los altares-, lleva el nombre de la señora quillotana que imaginó y creó la Quinta Vergara: Dolores Pérez de Álvares. Ella regaló el terreno y ayudó a financiar la construcción del templo, que fue destruido por el terremoto de 1906, cinco años después del bautizo del padre Alberto Hurtado. El templo actual lleva el mismo nombre (parroquia de Nuestra Señora de los Dolores), y fue construido en 1912 después del sismo, en la calle Álvares, frente a la vía férrea. Doña Dolores perdió su parque, no esta pequeña parroquia con su nombre.

Castillo Wulff. Las numerosas residencias palaciegas de Viña del Mar, construidas todas después del terremoto de 1906, parece capricho de nuevos ricos, pero no se trata de eso. Fueron la respuesta a la moda del historicismo arquitectónico, que rescataba elementos de siglos pasados, de estilos que iban desde el gótico al barroco, del renacentista o el neoclásico. Aquí se dieron todas las condiciones para el auge de esa nostalgia en piedra, por las grandes fortunas porteñas que después del sismo decidieron construir sus residencias en Viña del Mar. En el caso del castillo Wulff, menos mal que su antiguo dueño está en los cielos, y también el arquitecto Alberto Cruz Montt. A partir de un básico chalet de piedra, propiedad del alemán Gustavo Wulff Wowle, corredor de comercio que ganó millones en el salitre, Cruz Montt hizo un pequeño castillo, con el mismo cuidado con que diseñó en Santiago el Club de la Unión, el Círculo Español, el Palacio Ariztía (hoy sede de la Cámara de Diputados), el primer rascacielos de Chile en la calle Nueva York, y el soberbio castillo estilo Francisco I levantado en Las Majadas de Pirque. El castillo Wulff tenía tres torres y dos grandes terrazas. En 1920 empezó la transfiguración... Le añadieron un torreón y un ala estilo inglés. Las ventanas ojivales fueron reemplazadas por otras amplias, para dejar entrar el sol. En 1946, al morir Wulff sin herederos (tenía 87 años), su heredera Esperanza Artaza Matta demuele una de las torres y le hace una puerta de ingreso de rasgos británicos, eclécticos. Elimina algunas dependencias, construye piezas en el segundo piso, divide en dos el dormitorio principal, transforma en biblioteca el entretecho. Luego, el castillo pasa al Municipio, de ahí a la Armada, después vuelve como un museo que rendía homenaje a Salvador Reyes, y así, hasta convertirse hoy en una sección administrativa de la Municipalidad de Viña, con algunos espacios para exhibiciones de cierto mérito turístico y cultural. Avenida Marina 37, balneario Miramar.

Castillo Ross. Es vecino del anterior, en la misma Avenida Marina, frente a la llamada playa de los Artistas, la tradicional Miramar. Construido en 1912, lleva el nombre del serenense Gustavo Ross Santa María, su primer propietario. Sin más estudios que los que hizo en el Liceo de Valparaíso, Ross fue consejero del Banco Central, Ministro de Hacienda de Alessandri Palma, gran especulador financiero en París y candidato presidencial en 1938, elección ganada por el abogado radical Pedro Aguirre Cerda. Su palacio -también de Cruz Montt- tiene estilo Tudor, maderas francesas y baños de mármol de Carrara. Hoy es centro de eventos y de otras actividades sociales y comerciales. Avenida Marina 50.

Palacio Rioja. Un gran talento para los negocios está en el origen y nombre de este palacio, que desde 1979 es edificio ceremonial de la Municipalidad, sede de museo y del conservatorio de música Isidor Handler. El hombre que lo creó fue un español que hasta los 19 años alcanzó a hacer estudios de teneduría de libros y cálculo mercantil, que le fueron suficientes para producir una gran fortuna en Valparaíso. Los primeros años trabajó para otros, y a los 32 puso un almacén propio, con gran variedad de productos. A los 35, ya casado con la boliviana Sara Ruiz, puso sus ojos en una veta para amasar fortuna: creó una fábrica de cigarrillos, que con los años llegaría a convertirse en la Compañía Chilena de Tabacos, actualmente propiedad de capitales británicos. Paralelamente incursionaba en las áreas del calzado, editorial, seguros, transporte marítimo y bancario. Cinco años después de iniciarse como industrial independiente ya tenía fortuna suficiente como para levantar el Palacio Rioja (1910), en un predio de cuatro manzanas. Una década después recibía a Fernando de Baviera y Borbón, infante de España, quien vivió tres meses en el palacio como su invitado, y supo de su apoyo a las causas de España. Cuando el noble huésped regresó a Madrid en 1921, intercedió ante el rey Alfonso XIII para que se le otorgara el título de primer conde de Rioja de Neila. En su título nobiliario fueron incluidos su apellido familiar y su pueblo de origen, en Burgos, una villa de 250 habitantes según censo del 2000. Al año siguiente, Fernando Rioja Medel murió, noble, en sus tierras de Colchagua. Tenía 61 años. En 1956, sus herederos vendieron el palacio, el cual hasta 1979 sirvió de Municipalidad. El año 2004 ha sido sometido a una segunda restauración. Rioja había armado su palacio con una verdadera Liga de las Naciones. Veamos. El arquitecto puso en juego la imaginación de su sangre hebreo-marroquí (Alfredo Azancot Levi). Quien lo alhajó, puso en juego su refinamiento francés (Eugene Potteau), y los arquitectos interioristas, una ecléctica gracia, vagamente rusa (Shalaban y Laudoff). De espíritu belle époque, se le considera un buen ejemplo de belleza, elegancia y equilibrio. El arquitecto optó por un estilo neoclásico francés propio de los años de Luis XVI, cuando se daba importancia a una atmósfera de intimidad y comodidad, por sobre lo monumental. Destacan la terraza cubierta por una columnata, la semi rotonda de acceso a la casa, la gran escalera y los salones imperio y renacimiento. En su exterior había caballerizas, un palmarium o invernadero para especies exóticas y, sobre todo, un amplio parque, parcialmente rescatado. Calle Quillota 214.

Palacio de Cerro Castillo. Bien chilena y sabrosa es la historia de este palacio, uno de los más jóvenes de la ciudad. Fue mandado a construir por un entusiasta de Viña del Mar, el presidente Carlos Ibáñez en su primera administración (1927-1931). La propuesta de los arquitectos Luis Browne y Manuel Valenzuela fue hacer un edificio que se ocupara de rescatar lo chileno, especialmente con elementos coloniales. Así se hizo... hasta donde fue posible. Al decidir sobre el color principal de la construcción, la joven esposa del mandatario, Graciela Letelier, impuso su idea de escoger el rosa viejo como color principal, imitando el de su muy admirada Casa Rosada de Buenos Aires (así lo confidenció ella a la Revista del Domingo). El Presidente accedió, y el Palacio Presidencial de Cerro Castillo nació con un cierto aire porteño. No es todo: hasta se entra por la calle Callao, como a los cafecitos de Buenos Aires. No olvidemos que el clásico café La Academia abre todavía sus puertas en Callao 336 esquina Corrientes... cerquita de Casa Rosada. El Palacio de Viña está en Callao 398. Por supuesto que otros comparan este palacete con los chalés españoles de Coral Gables, que empezaban a construirse en Miami justo en esos años 20. Sin embargo, al ser inaugurado Cerro Castillo en 1930 era fácil descubrir decoraciones coloniales e indígenas, evocadoras de la tradición y la historia chilenas. En la portería de entrada sobresalían dos grandes ídolos pascuenses de tres metros de altura, y el portalón lucía el escudo de la Patria Vieja. Hoy, el palacio tiene tres pisos y un subterráneo, un gran comedor, terrazas con vista al mar, ocho dormitorios con baños, dos salones amoblados en forma moderna y el escritorio del Presidente. En el tercer piso se encuentra la biblioteca. En el segundo, el dormitorio principal. Se abre al público una vez al año, el último domingo de mayo. En este lugar de cerro Castillo existió antes un viejo fuerte de la Armada. Callao 398 (Viña del Mar).

Castillo Brunet. El Palacio Yarur o Brunet también es obra del arquitecto Alfredo Azancot Levi, ejecutor de varios palacios importantes de la ciudad (Rioja, Carrasco) y del Arco de los Ingleses, levantado en Iquique como donación de Valparaíso. En el palacio Brunet, ese arquitecto quiso acercarse a lo medieval, con un estilo que en definitiva recuerda el gótico francés. Su propietario original fue el ingeniero porteño José Rafael Brunet Brown, titulado en Cooper Hill, Inglaterra, que luego trabajó en la India colonial y en México, y recibió la orden del Mérito de Francia. Un hecho curioso al pasar: su castillo es vecino del Palacio Presidencial de Cerro Castillo, construido por el presidente Carlos Ibáñez, el creador del Cuerpo de Carabineros, que ahora es propietario del castillo Brunet. Lo hizo comprar, en 1974, otro general, César Mendoza, miembro de la Junta Militar de Gobierno de 1973. Ahora es casino de oficiales y casa de huéspedes. Al morir Brunet en 1939 sin haber terminado su palacete, lo compró el industrial palestino Nicolás Yarur Lolas. Nacido en Belén, figura entre los fundadores de la empresa chilena Textil Yarur, era representante de la Liga de Estados Árabes en Naciones Unidas (1949-1952) y recibió del Patriarca de Jerusalén el Gran Cordón de la Orden del Santo Sepulcro. Fue él quien encargó las obras finales del castillo al marino arquitecto Jorge Schroeder Espinoza, originario de Talcahuano. Se halla protegido como edificación histórica, por acuerdo municipal del año 2000. Calle Iberia 104.

Palacio Carrasco. Monumento Nacional desde 1986. El terreno fue adquirido en 1903 por el salitrero Emilio Carrasco Alliende, que fuera propietario de una parte del gran terreno que ocupa hoy el Jardín Botánico de Viña del Mar (ver en esta sección), y figura entre los que participó en el proyecto internacional del tren Salta-Antofagasta en tiempos del presidente argentino Hipólito Yrigoyen. Su palacio -que nunca llegaría a habitar, pues murió antes que fuera concluido- se inició en 1912, según proyecto de Alfredo Azancot Levi (1872-1937). Es de estilo francés, con cuatro pisos terminados en mansarda. Se trata de una de las más llamativas casonas de la antigua Viña del Mar. Por la muerte de Carrasco, fue vendida, y sirvió de Municipalidad desde 1930 a 1971. Ahora acoge al Centro Cultural, a la Biblioteca Municipal Vicuña Mackenna y al Archivo Histórico. En la plazoleta de entrada veremos el Monumento a los Héroes, reproducción de la escultura original del gran escultor realista francés Auguste Rodin, que tiene un museo con su obra en París. La escultura fue donada por el gobierno de Francia. La maqueta en yeso de esta escultura fue presentada por el artista en 1885 al concurso para el monumento a Prat en Valparaíso (que fue rechazada... como tantas de sus obras en la propia Francia). Avenida Libertad 250.

Si tiene más tiempo

Calle Valparaíso. El origen de la calle Valparaíso es el Camino Real -hoy hablaríamos de la carretera principal- que unía al puerto con Quillota. De ahí también viene su nombre. En la esquina de la actual plaza había una solitaria posada junto al camino. En ella se detuvieron en 1837 los amotinados que traían prisionero desde Quillota al ministro Diego Portales, y a quien asesinaron poco más adelante, en el cerro Placeres. Inicialmente, Viña del Mar se fue poblando a lo largo de la línea férrea: las calles Álvares y Viana. La actual Valparaíso era segundona calle de servicio, por donde entraba el personal de las casas y los carruajes de las residencias de calle Viana. Algunos propietarios de esta calle tenían fundos, naturalmente, y empezaron a abrir negocios de frutas y verduras en el fondo de sus casas. Así dieron a la calle Valparaíso su carácter comercial. Hacia 1930 se hallaba enteramente edificada. Por su origen es informal, llena de vida, angosta, con tránsito lento, muy peatonal. La calle más popular de la Quinta Región. Un lugar de encuentro social, de veraneantes en busca de entretenimiento y de colegiales alegres a la salida de clases. Es bueno darse una vuelta y ver cómo Viana ha pasado a un segundo plano. La historia no se escribe de otro modo.

Muelle Vergara. Todo se dio vuelta: entre 1938 y 1983 pasó de ser un muelle industrial a centro turístico, con espacios para la pesca, juegos, restaurantes, artesanías. Se encuentra en el centro, entre las playas Acapulco y El Sol. Otra forma de ver Viña del Mar y Valparaíso.

Jardín Botánico Ni los propios viñamarinos lo conocen muy bien. Apenas saben dónde está. No veremos tumultos. Y esa no es su gracia menor. Se trata de un extenso parque y bosque plantado hacia 1830, sobre un pequeño valle. El gran millonario del salitre Pascual Baburizza lo hizo con sus propias manos y cuadrillas de trabajadores, para su propio disfrute. Ahora es parque público, con miles de árboles, hermosas avenidas, una enorme colección de cactos de Chile, lugares para picnic, laguna rodeado de cerros. Camino El Olivar, sector El Salto (por calle Limache, en plaza Viña del Mar, buses N° 20).

Paseos en victoria. Desde antes del nacimiento de Viña del Mar, los habitantes de la hacienda de los Vergara Álvares viajaban hasta la playa o baños de Miramar en coches tirados por caballos. Todo un lujo, cuando el vehículo más común era la carreta con bueyes. Al crearse el balneario, se hizo cargo del transporte público Viña-Miramar el doctor Teodoro von Schroeder. Utilizó las victorias que aún vemos en las calles de la ciudad. Su nombre, de uso universal, y que recuerda a la reina Victoria de Inglaterra, define a un coche hipomóvil de cuatro ruedas y con capota plegable. Podemos verlo, idéntico a los de Viña del Mar, en un cuadro de Jean Béraud que cuelga en el museo Carnavalet de París. De acuerdo con una norma del municipio viñamarino del año 2002, está prohibido huasquear, aguijonear o maltratar de cualquier forma a un animal de Coche Victoria. Los románticos, ¡armarse de paciencia!

Reloj de Flores. Gracias al fútbol, Viña tiene este símbolo. Fue inaugurado el 15 de mayo de 1962, el mismo día que se inició el Mundial de Fútbol. Sus punteros y minutero de bronce tienen algo más de 3 metros de largo. Esta ubicado a los pies del Cerro Castillo, a muy poca distancia de la playa Caleta Abarca y a unos pasos de la estación Miramar, donde pasa el ferrocarril que va desde Valparaíso a Limache, proximamente subterráneo. La estructura del reloj se compone de un túnel de hormigón armado con salida a una sala de maquinas, que protege el reloj patrón. Es suizo -como corresponde- de la casa d´Harloges Florales Pavag, de la bella Neuchatel. Su mecanismo es impulsado por control eléctrico accionado por pesas, lo cual facilita su regulación. Fue inaugurado el día en que Viña del Mar debutó como sede mundialista.

Safari fotográfico de aves. Una hermosa manera de abandonar la rutina en la comuna de Concón y en todo el vecindario de Viña del Mar, es probar un safari fotográfico en la desembocadura del Aconcagua. Llegan a ella aves que han recorrido 15 mil kilómetros desde Canadá a Chile. Si arrendamos un bote en la zona de Concón, cerca de la Refinería, podemos remar entre islas de vegetación donde veremos miles de playeros blancos, pequeñas aves que en los días de verano dan una especial agitación a este santuario natural, justo donde el río Aconcagua se echa al mar. Es posible fotografiar u observar unas 20 especies chilenas o migratorias: pilpilenes, garzas, triles, peuquitos, sietecolores, zarapitos, runrunes y perritos de patas rojas, cuyo canto recuerda el ladrido de un cachorro.

En medio de la vegetación, cerca del agua, podremos observar aves del tamaño de una gallina, de plumas negras y blancas, patas largas, llamadas picotijeras que sobrevuelan las aguas llevando el pico sumergido para pescar sus presas: pulgas de mar, caracoles, pececitos. Es de las aves chilenas menos observadas. Veremos taguas que no vuelan sino que corren sobre el agua, patos silvestres, garzas, corcovados. También pelícanos que aman las desembocaduras. Como un rito, solemne pero provocador, nos sobrevuelan una vez, tres, seis veces aves de gran envergadura de alas, curiosas, inquietas. Este recorrido puede ser mejor que un programa de fauna de la televisión.

Conozca su historia

La historia de Viña del Mar es corta, apenas centenaria. Sin embargo, desde los tiempos de la Colonia hubo aquí dos haciendas. Al norte del estero Marga-Marga, la Hacienda de la Viña de la Mar, donde había una viña, y hoy se levanta el Palacio Rioja. Al sur del estero Marga-Marga -es decir, rumbo a Valparaíso- estaba la hacienda de las Siete Hermanas, que se extendía por siete cerros hacia Valparaíso, con su centro en donde hoy se encuentra la Quinta Vergara. Ambas tuvieron muchos dueños -entre ellos los jesuitas-, y quien las juntó en una sola mano fue un portugués, Francisco Álvares, abuelo de la joven cuyo marido las loteó, hizo más dinero y una ciudad: Viña del Mar.

Curiosamente, el primer propietario de estas tierras, a la llegada de los españoles, fue también portugués y también, como ese abuelo Álvares, de ancestro judío. Se llamó Pedro de Omepezoa. Junto con él fue beneficiado el español Diego García de Villalón. Este encomendero se fue pronto de Chile y nunca regresó. Perdería así sus derechos sobre dichas tierras, llamadas entonces valle de Peuco.

El capitán portugués Omepezoa, en cambio, se quedó aquí, pero cerca del Biobío. Había nacido hacia 1510, fue caballerizo de Francisco Pizarro en Lima y conquistador en Chile. A su muerte, su viuda vendió las tierras de Viña del Mar por doscientos pesos de buen oro fundido e marcado al capitán Alonso de Riberos y Figueroa (en Concepción, el 5 de diciembre de 1590). Estas tierras eran las que van desde el estero Marga-Marga hasta la quebrada de Rañaca, es decir, parte de la Reñaca actual.

Nace la viña El nuevo dueño plantó la viña que siglos más tarde le daría su nombre a la ciudad. Estaba junto al camino que unía Quillota con Valparaíso, ahora Palacio Rioja. La viña ganó fama, tanto que nunca más se habló de Peuco, sino de la Viña de Riberos o la Viña de la Mar, nombre que logró sobrevivir, aunque las plantas se secaron. En 1835, el rico comerciante y naviero de origen portugués Francisco Álvares compró la hacienda de la Viña de la Mar, y en 1840 la hacienda de las Siete Hermanas. Era, según Barros Arana, el hombre más rico de Chile. Todo empezó a cambiar cuando en 1855, el ferrocarril iniciado en Valparaíso pasó al lado de la hacienda. Los porteños comienzan a visitar el valle de Viña del Mar, concurrían a los baños de Miramar, hacían carreras a la chilena y paseos campestres.

Unos años antes de la guerra del 79, algunos porteños, principalmente extranjeros, arrendaron sitios próximos a la línea ferroviaria, donde edificaron sus casas, disponiendo de una amplitud que los cerros de Valparaíso les negaban, La propietaria de la hacienda, Dolores Pérez, la viuda del portugués Francisco Álvares, tenía una gran residencia y se ocupaba personalmente de hacer crecer su quinta o parque al estilo de las casas de su Quillota natal. En 1874, meses después de la muerte de doña Dolores, el marido de su única hija, José Francisco Vergara, tuvo ya la ansiada libertad para lotear la hacienda, para crear una pequeña ciudad y llamar Libertad a su calle principal, años más tarde (ver Palacio Vergara, en No se lo pierda).El municipio se instala en 1879. Nacen un gran hotel, un club, un templo. El valle al norte del estero y su eje principal, la Avenida Libertad, fueron loteadas en 1892, y así surgen nuevas grandes mansiones de veraneo. Pero fue el terremoto de 1906 el que transformó a Viña del Mar en una ciudad de palacios, construidos por porteños que buscaban más espacio y seguridad que el proporcionado por Valparaíso. En la primera década del siglo XX se construyeron los hoy llamados Palacio Rioja, Palacio Vergara, Palacio Carrasco y otros (ver No se lo pierda).

En la década del 20 alcanzó el máximo refinamiento en sus mansiones de los barrios de Chorrillos, Miraflores, Cerro Castillo y en la calle Álvares, paralela a la línea del tren, y Viana, calles que es bueno recorrer hoy día para entender lo que ocurría en la ciudad por esos años.

Meta de Costa Azul En la interesante década de 1930, con apoyo del Estado, se construyeron el Teatro Municipal, el hotel O’Higgins, el Palacio Presidencial del cerro Castillo, el Casino Municipal, el balneario de Las Salinas y el camino costero a Concón. Más tarde se terminó la habilitación del borde del balneario con el Hotel Miramar, el balneario de Caleta Abarca, la Avenida Marina y la Avenida Perú. El cambio definitivo de la ciudad en los años 30 se da partir de la ley 4.288, de febrero de 1928, durante el gobierno de Carlos Ibáñez, y con la energía de los alcaldes Hamel y Ossa Sainte Marie. El diario La Estrella de Valparaíso (1 de octubre de 1929) celebra los adelantos de la ciudad (piscina de 8 Norte, pavimentación de las calles Libertad y Quillota, balneario de Recreo, baños populares de Bohn y Miramar, etcétera), y no logra contenerse al decir que nuestro primer balneario ha de seguir su marcha próspera hasta lograr ser lo que es Niza, Monte Carlos (así lo escribe), Cannes, sitio de atracción mundial, para lo que tiene las excepcionales condiciones que le da su clima admirable y único, de belleza natural de su suelo y el ambiente de refinamiento social que en él domina. También se hacían comparaciones con Miami, otro balneario entonces en auge con la construcción de su barrio de Coral Gables, a cuyas casas se parece no poco el Palacio Presidencial construido por Ibáñez.

El resto de la vida de Viña del Mar aún no es historia, sino material para crónicas con intención histórica. Lo más importante, sin duda, es el nacimiento del Festival Internacional de la Canción, que junto con darle presencia marca el inicio de una nueva etapa en la vida de la ciudad: deja de ser para siempre un balneario de elite. El Festival nace en 1959 sobre un escenario hecho de cholguán, y sólo como un agregado liviano y musical a una feria de los trabajos de alumnos de la Escuela de Bellas Artes. Al año siguiente, 1960, Carlos Ansaldo, director de turismo y relaciones públicas del municipio, empieza a darle la importancia que la ciudad merecía. Desde entonces, Viña tiene festival, y hoy supera en población a Valparaíso según el censo de 2002.

Dónde se ubica

Viña del Mar es vecina de la capital regional, Valparaíso, con la cual ya está fundida, y forma una virtual área metropolitana en la costa central de Chile, sumando unos 600 mil habitantes. Se halla a una hora y media de viaje de Santiago, por amplia y moderna carretera, y a dos y media horas de la frontera con Argentina, paso Los Libertadores, que da entrada a Mendoza, provincia de Cuyo.

Su clima

El clima regional es de tipo mediterráneo, con estaciones bien diferenciadas y precipitaciones anuales de 300 milímetros, aproximadamente, que se producen casi por entero en invierno ( junio a septiembre). En el sector costero de la región, el clima es suave, sin extremos en verano ni en invierno (mínima de 8° C en invierno y máxima de 27° C en verano).

A qué museos ir

Museo de Bellas Artes. En un bello edificio estilo gótico veneciano -mandado a construir por la nieta de un multimillonario portugués que creara la Quinta Vergara-, se exhiben sesenta obras de la familia Álvares Vergara y otras colecciones, dando forma al principal museo artístico de Viña del Mar. Obras italianas de los siglos XVI y XVII, algunas de la escuela veneciana. Otras obras de arte europeas. Contiene pintura chilena desde sus inicios hasta mediados del siglo XX. Errázuriz 563-596, interior de la Quinta Vergara, centro de Viña del Mar.

Museo Fonck: Especializado en arqueología e historia natural, puede ser considerado el más importante de la ciudad por su contenido y categoría museográfica. Ocupa la antigua residencia Délano (1996). Exhibe una interesante colección de la cultura Rapa Nui -incluido un moai-; platería araucana y cerámica precolombina. Además, fósiles y minerales, insectos disecados y animales embalsamados.

Palacio Rioja. Esta noble construcción (ver No se lo pierda) conserva muchos de sus muebles originales y otros de la época, que conforman una especie de museo de artes ornamentales. Piezas del barroco, rococó, Imperio y Chesterfield. Hermosas palmas rodean el palacio. Quillota 214.

Dónde comer rico

Viña del Mar tiene una muy buena oferta gastronómica, especialmente por la calidad de sus mariscos y pescados, que sin exageración pueden ponerse en el mejor nivel del mundo. Además ha practicado la gastronomía francesa, la mejor comida chilena y lleva mucho tiempo ofreciendo cocinas italiana, árabe, mexicana, brasileña y argentina. No sólo en la ciudad hay buena gastronomía. En el camino costero hasta Concón -hoy comuna independiente- es posible encontrar muchos de los mejores restaurantes con frutos del mar de toda la región. Si queremos conocer toda la oferta regional, deben ser probados los restaurantes ubicados al final de este balneario, en la caleta de pescadores y las famosas picadas de Caleta Higuerillas Alto. También la vecina Valparaíso. La verdad es que pocos países, muy pocos, han nacido con el privilegio de sus mariscos sabrosos y sus peces. Y menos son los que a la vez han creado vinos que les hagan tan digna compañía.

Cochoa. Corvina o lenguado con salsa húngara, mechamel con champiñones y camarones al coñac. Av. Borgoño s/n.

El Ostrión. Se especializa en Jardín de Mariscos, que lleva 14 variedades, todas cocidas. Av. Borgoño 17150.

Andre’s. Especialidad: Corvina muselina, con colitas de camarón y champiñones salteados a la mantequilla. Av. Borgoño 17140.

Pacífico. Machas a la parmesana es su especialidad principal. Av. Borgoño 17120.

Rincón Marino. Perol de mariscos. almejas, machas, choritos, picorocos, piure, ostiones, jaiba, todo cocido y aliñado. Av. Borgoño 16660.

Bellamar. Congrio a la plancha, salsa de mariscos y gratinado con queso al horno. Av. Borgoño 21.551, Higuerillas.

Albatros. Paella y carta. Av. Borgoño 21295, Higuerillas.

Comer en la ciudad. Veamos algunos sitios dentro de la ciudad de Viña del Mar.

Cap Ducal. Desde 1936 una autoridad en pescados y mariscos. Sus pequeñas machas a la parmesana ameritan un viaje. Av. Marina 51, Viña del Mar.

Rincón Austriaco. Cocina centroeuropea, carnes de caza, pescados, mariscos. Ciervo Don Antonio, Jabalí Cazadora, Pato Confitado. Avestruz Kellemester. Salmón a la Naranja. 8 Norte 323 esquina San Martín, Viña del Mar

Chez Gerald. Cocina y atención tradicionales. Avenida Perú 499, bulevar San Martín, Viña del Mar.

Parrilla Armandita. Carnes a las brasas, parrilladas completas. Experiencia de 33 años. 6 Norte 119, esquina 4 Poniente.

Haiku. Sushi y sushi mixto, sopa miso, tempura, sake. Amplia carta y ambiente japonés genuino. 6 Norte 96, esquina 4 Poniente.

Di Vaccarreza. Lugar sencillo y acogedor. Pato, conejo, codornices, pastas. San Martín 180, Viña del Mar.

Fornoni. Muy tradicional. Camarones de orilla y carta internacional. San Martín 529, Viña del Mar.

Samoiedo. Café-confitería que confunde su historia con la de la ciudad. Servicio y productos de calidad. Comida rápida. Algunas mesas sobre la vereda. Calle Valparaíso, primera cuadra, vereda norte, al lado de la plaza de Viña del Mar.

África. Comida rápida, especialmente sándwiches de lomito y salchichas. Sitio pintoresco, de larga tradición. Calle Valparaíso 324, a 400 metros de la plaza de Viña del Mar.

Datos de compras

El mall Marina Arauco (Av. Libertad con 14 Norte) y su vecino Viña Shopping (unidos por un puente), tienen distintos precios y calidades, y de ese modo se complementan. Es el gran núcleo comercial de la ciudad, además de la tradicional calle Valparaíso, que se halla en pleno centro.

Vida nocturna

Ver amanecer desde la playa es una de las costumbres tradicionales de quienes prolongan la noche en Viña del Mar. Dispone de todas las formas de entretención nocturna y nocturno-matutina. Buena parte de las discotecas y lugares animados se han levantado en la parte alta de Reñaca, y en barrios centrales de Viña del Mar.

Kamikaze. Av. Vicuña Mackenna 1106, Reñaca.

NT New Topsy. Camino del Alto 953, Reñaca.

Scratch. Bohn 970, Viña del Mar.

B.B. Blues & Booze. Muelle Vergara.

Hollywood Pub. 5 Norte 057, Viña del Mar.

Excalibur. Camino Internacional, Parcela 572, Reñaca Alto.

En el puerto de Valparaíso, la Subida Ecuador, como siempre, y especialmente la calle Errázuriz, mantienen actividad nocturna hasta tarde. Lo que manda es la salsa. No debemos perdernos una visita a La Piedra Feliz (Errázuriz 1054; de donde saldremos bailando, vacilando...) Algunos cambian de aire y siguen bailando en Quilpué, lejos del mar, pero donde también se puede ver amanecer. Los más enterados se van al camino troncal a Peñablanca, ruta a Villa Alemana, donde alguna discoteque ha pegado fuerte. Estos locales noctunos nacen un día y mueren al otro, o duran diez años. Nunca se sabe. Hay que averiguar.

Datos prácticos

Si viaja en avión, le conviene llegar al aeropuerto de Santiago, y seguir por tierra a Viña del Mar, viaje que dura unos 60 minutos. No son fáciles ni necesarias las conexiones aéreas a Viña del Mar o Valparaíso.

Viña no tiene clima tropical, de modo que la temperatura baja en las tardes y noches, y conviene llevar ropa de abrigo liviana, como cortavientos, sweater y hasta un chaquetón para ciertos días más frescos.

Playas

Viña del Mar tiene una gran variedad y abundancia de playas. Las que se hallan dentro de la ciudad suelen ser las más concurridas: Caleta Abarca, Acapulco, Miramar (que se conoce como De los Artistas). De todas, la más famosa es la de Reñaca, por su belleza y carácter más internacional, sus servicios frente al mar (restaurantes, vida nocturna). Se encuentra lejos del centro de Viña del Mar. Otras de importancia son Las Salinas, Las Cañitas, Cochoa y El Encanto.

Reñaca: Tiene 1.300 metros de largo, y forma parte de un angosto valle surcado por el pequeño estero Reñaca, rodeado por empinados cerros de dunas de arena y que termina contra el mar en esta hermosa playa. El barrio empezó a poblarse hacia 1912, alrededor del estero, por decisión de su propietario, uno de los nietos del portugués que creara la Quinta Vergara. Hacia el fondo de la quebrada y tras un alto muro se distingue un magnífico parque creado por Agustín Edwards MacClure, fundador de El Mercurio de Santiago. El camino costero fue prolongado hasta Concón en 1917, pero la playa de Reñaca permaneció ignorada. Sólo hacia 1940 comienza a edificarse en la calle recta frente a la playa. Rápidamente se llenó de residencias de santiaguinos. La playa, sin embargo, seguía semi desierta de bañistas, por ser considerada peligrosa. La playa de moda, protegida y de olas pequeñas, era Cochoa, poco más al norte. Sólo a mediados de los años 60 Reñaca comienza a transformarse, es urbanizada y se convierte en el lugar de moda. Pronto, casas virtualmente nuevas fueron derribadas para dar paso a los edificios de departamentos escalonados en la ladera. El año 1980 aparece Jardín del Mar, en el sur del estero, amplia urbanización residencial que en una década se cubrió de casas y edificios, transformando a Reñaca en el núcleo de mayor desarrollo urbano en todo el litoral. Al atardecer, su costanera es el paseo característico en esta parte del litoral. Cuenta con varios hoteles, moteles y restaurantes. Por la noches funcionan discotecas, cafés y servicios al auto en distintos lugares. Otras playas.

Caleta Abarca: ubicada en pleno corazón de Viña, tiene 300 metros de largo, arena blanca y excelente mar para nadar. Posee paseo peatonal, restaurante, cafeterías, discotecas, camarines y duchas; y excelente acceso a locomoción pública.

Acapulco: tiene 200 metros entre el final de la Avenida Perú y el muelle Vergara. Arena blanca, protegida del viento por los edificios de altura que la rodean. Es la playa principal de los viñamarinos que viven en la Población Vergara.

Los Marineros: se extiende desde el muelle Vergara, 2.400 metros al norte. De arena blanca, abierta a los vientos, con mar profundo y resaca fuerte. No es apta para baño, sino para paseos, por su baja densidad y la mayor facilidad para encontrar estacionamiento. Existe un sector gay.

Las Salinas: está a dos kilómetros al norte de Viña. Restaurante, servicio de camarines y ducha, comercio de artesanías y estacionamientos propios. Pequeña, muy concurrida, cerrada, calurosa y con excelente mar, especial para nadar o tostarse.

Le recomendamos

Quienes deseen estar cerca de Reñaca, pueden escoger hoteles y moteles en el mismo barrio, que los hay de calidad, tanto como en el centro de Viña del Mar.

Para moverse en la región conviene usar vehículo propio o arrendado. Playas interesantes de la región, como las de Zapallar y Cachagua, o Isla Negra, hacia el Sur, tiene acceso difícil en transporte público, y muy caro en taxi.

 
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